EL MUNDO DESDE LA CAMA
Lic. Diana Braceras


Dedico este pequeño texto a dos desconocidas estudiantes de enfermería del Hospital de Clínicas General San Martín, que tratan con profesionalidad y dulzura a las pacientes internadas.
        "Nunca sabemos lo felices que somos. Por muy desgraciados que nos creamos, nunca es verdad"(1)

        Esta sencilla verdad que nos trae la pluma de Proust, nunca es tan cierta como cuando se aplica al escenario del padecimiento que trae consigo una enfermedad, una afección física o un desvalimiento que nos arroja a la cama, como un manojo de maderos inútiles después de un naufragio.
         El mundo desde la cama sufre una transmutación inaudita. El tiempo y el espacio se estiran de tal manera que pareciera que el universo ahora tiene dimensiones que ayer mismo ignorábamos. Las distancias se vuelven infinitas, los límites rectangulares del refugio entre las sábanas se trastocan en celda sin cerrojo de la que es una aventura incierta escapar, aunque sea por interminables minutos. Recuperarse de la odisea de ir al baño, por ejemplo, nos llevará tanto como acompasar el aliento después de una maratón en subida y en terreno irregular.
        Retornamos a la dimensión del centímetro, quizás como la afronta una criatura en sus primeros meses, cuando darse vuelta, cambiar de posición o acertar a tocar una parte del propio cuerpo, resultan proezas que estimulan la sensación de poderío: ¡Logré acomodarme la almohada sin llamar a la enfermera! Resuena la íntima felicitación de nuestra conciencia, tal vez la única capaz de calibrar las pequeñas hazañas de ese cuerpo limitado a la asistencia del Otro, como cuando nacimos.
        No pocas veces resulta humillante habitarlo. El mundo desde la cama se percibe con una crueldad irreconciliable con el amor a los seres queridos y a los profesionales de los cuales se espera el alivio de una atención comprensiva y eficaz.
        Como en un teatro negro, resaltan insidiosamente los contornos del amor y de la indiferencia, la torpeza y la ternura, el fastidio y la simulación. Después de yacer en un lecho de dolor, los seres no serán lo que eran. Aunque se alivianen con el tiempo las sensaciones, las certezas, los gruesos trazos del desamor, la impaciencia y la desconsideración, dibujan una sombra imborrable, se sabe de aquello que de muchas maneras intentamos desconocer.
        Por suerte, también se sabrá con quienes uno cuenta, como dice otro poeta de la sencillez, el uruguayo Benedetti, y no hasta 3 o hasta 10.
        Tal vez resulte inexplicable para el entorno la sensibilidad del paciente, se la adjudique a la enfermedad misma, al estado febril, al dolor. Si se pudiera sinceramente expresar lo que se capta desde la cama en los gestos, en los tonos, en la proximidad o distancia de los otros, esos felices inadvertidos del poder de contar con su cuerpo para lo cotidiano, es probable que también sinceramente se crea en la "injusticia" de las apreciaciones, en la "suceptibilidad" exacerbada, como si ésta por ser cierta tuviera el poder de crear irrealidades. Es verdad, como la exquisita captación del artista, el enfermo tiene afinado el instrumento del contacto personal, sin quererlo, aunque no lo desee, con el dolor del alma, como si estuviese mirando un espejo mágico que refleja al detalle y con aumento las miserias de los rostros cercanos, se imprimirán inevitablemente los rictus destemplados que jamás hubiese elegido descubrir.
        El estado de indefensión del estar enfermo nos abre de golpe el entendimiento a esa abstracción tan vapuleada que se encarna en la necesidad básica de la presencia de la madre. Una presencia sin otra demanda que la de sostener el deseo de vivir, que pacientemente adivine la acción específica que la inútil criatura requiere para no rendirse. Y la lleve sencillamente a cabo.
        Pero también, el hallarse alojado en la condición precaria de no poder valerse por sí mismo, o depender de decisiones de Otro, como es el caso de la necesidad de intervenciones médicas; o requerir perentoriamente de auxilio para los más elementales haceres cotidianos, lo convierten al enfermo en presa fácil de la crueldad, el cinismo y la voluntad de someter al prójimo, tan particular del género humano.
        La asistencia requerida en tales condiciones exige éticamente un hacerse cargo que muy a pesar de diplomas, emblemas y títulos profesionales, no es común encontrar a la altura de las circunstancias. El hacerse cargo de un paciente, implica una posición subjetiva que no depende del estudio ni la acreditación de especialistas, ni de la inteligencia, ni de ningún aprendizaje de habilidades de la comunicación. Es difícil tal vez de definir, sin embargo es muy clara la transmisión de esta posición en el trato con el paciente. Por algo, actualmente, resulta particularmente dificultoso para el enfermo saber quién es su médico. No se trata solamente del desfile indiferenciado de personajes con guardapolvos que se suceden en las salas de internación. El anonimato en la función médica se instala desde la sustracción misma del nombre, de la mano, de la necesaria presentación personal del que se responsabiliza de sus actos, quien esta a cargo del enfermo juega su nombre propio en tal posición ética.
        Quien puede hacerse cargo de poder hacerlo...se autoriza a hacerse cargo de su paciente, proponiéndose como destinatario de la demanda asistencial.
        La mala formación como médico, no se sustituye con buena voluntad ni con abundante información. Tampoco con el cumplimiento de órdenes ni obligaciones emanadas de superiores. Se trata de poder ocupar un lugar en el dispositivo de una cura, con el deseo de curar y de aliviar el padecimiento humano junto a la cama del enfermo, es decir sostener como sujeto una posición clínica.
        Cuando el enfermo advierte desde el estrecho horizonte de su lecho, la ausencia de la posición propiamente médica, la confirmación de su percepción aparece desde el lado de ese otro que defecciona en su función: no se hará cargo tampoco ahora de su falta, el paciente será calificado de "conflictivo", es decir descalificado. No pocas veces, la obediente diligencia de un psicólogo reforzará el simulacro "conteniendo" al paciente para que se someta más dócilmente al vacío de la función médica.
        También una frase de Marcel Proust enmarcará la escena de esta reflexión:

        "...nunca sabemos lo desgraciados que somos, que por muy felices que nos creamos, nunca es verdad."



(1)   Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann, Biblioteca Proust, Alianza Editorial, Salamanca España, 1999. Pág.428