PACIENTE: ¿CONSUMIDOR O USUARIO?

Lic. Diana Braceras
Psicoanalista, Equipo Interdisciplinario de Oncología


        Recientemente, la acción y la reacción de cierta parte de la población usuaria de los beneficios (y perjuicios) de la medicina pre-paga en la Argentina, obtuvo una victoria parcial sobre el anuncio de esas empresas, que simplemente los anoticiaba de la decisión tomada de aumentar, una vez más, las elevadas cuotas mensuales que se deben abonar para gozar de sus servicios. En los medios, se aludía a esta situación llamando a los sujetos usuarios, y muchos de los reclamos éstos los hacían a organismos o agrupaciones de "defensa del consumidor".

        Cuando lo que se usa es un servicio de asistencia médica... ¿Qué status tiene el sujeto que lo demanda? ¿Es lo mismo considerar al paciente usuario, consumidor, u otra cosa? ¿Porqué a las personas que se asisten en los Hospitales Públicos los siguen llamando "pacientes", y a los que pagan las prestaciones de empresas privadas no? Si de las palabras depende el sentido... ¿las significaciones socialmente instituidas en uno y otro caso son distintas? ¿Estas diferentes situaciones definen diferente humanidad específica para cada cual? ¿Cuál es la propiedad que funda la diferencia?

        Trataremos de pensar el estatuto actual del paciente, a la luz de la mutación que sufre el sujeto contemporáneo, históricamente llamado postmoderno (o habitante del modernismo tardío).


Allá lejos y hace tiempo...

        El sujeto era un ciudadano, sus relaciones enmarcadas en el juego instituido de derechos y obligaciones, eran organizadas por el estado-nación y sus instituciones históricas. En el plano de la salud: el Hospital, o la Clínica de la Obra Social. El trabajo definía los grupos de pertenencia como un matrimonio duradero: tanto en la salud (recreación, vivienda, turismo, educación, etc.); como en la enfermedad (subsidio, licencia, prestación médica, etc.).

        El cuerpo, como condicionante de la fuerza de trabajo, era cuestión de Estado. La prevención de enfermedades, el tratamiento efectivo y la rehabilitación eficiente, en el menor tiempo posible, una meta.

        El sistema de producción necesitaba de la salud de los ciudadanos para el enriquecimiento de los dueños de los medios de producción: Estado, Asociaciones o Particulares, que a través de sus aportes, también fortalecían la Nación... y preservaban sus privilegios, a cambio de una moderada justicia salarial distributiva, según la ideología (no es lo mismo una cooperativa que una sociedad anónima, o una mutual); según la relación de fuerzas con los trabajadores y según la dinámica de la oferta/demanda del mercado, fundamentalmente interno, destino preferencial de la producción nacional.
        La subjetividad ciudadana reconocía ciertas prácticas saludables: la consulta médica, el médico de cabecera o de familia, la cartilla de vacunación, la información nutricional, las tablas de crecimiento, de peso y de estatura, el control del embarazo, etc. Estas prácticas institucionalizadas llegaron de la mano del Estado Nacional, aquel cuyos proyectos dependían de la incorporación al sistema productivo de los saludables cuerpos de los ciudadanos, con sus necesidades básicas más o menos satisfechas. También de su mano se fueron perdiendo... No es que no exista más la práctica médica, pero se ha transformado de tal forma, que a veces es irreconocible. También el sujeto ya no es el mismo que aquel, cuya "igualdad", estaba dada por un sistema jurídico, de régimen intermitente en la realidad (dictaduras de por medio), pero estable en la mentalidad de los sujetos.


La subjetividad consumista

        Al sujeto contemporáneo los historiadores lo califican y lo nombran como consumidor. ¿Qué es lo que define al consumo? El gasto y la imagen; bien lo saben los publicistas, esos vendedores de imagen por excelencia: la boca más insaciable del ser humano son los ojos y los oídos; llenarlos virtualmente de imágenes de consumo masivo, es el negocio más lucrativo de la actualidad.

        Pero específicamente en el plano de la salud o de la enfermedad... ¿qué cambia del paciente al consumidor? Si vamos al diccionario, consumir es sinónimo de destruir, de extinguir, gastar comestibles u otros géneros (¿medicamentos quizás?). La acción de consumir es la de terminar con algo, agotarlo. Consumidor, califica a alguien a partir de tal acción, sin ninguna otra referencia que no sea entre el sujeto y la cosa a consumir, a destruir, extinguir, acabar. La relación es unidireccional y precaria, lo que se consume se termina. La nada, el vacío está en el horizonte del consumidor. Su identidad es precaria, incierta, momentánea, habrá que seguir consumiendo para seguir siendo alguien.

        La incorporación, será el destino, la expulsión, la amenaza permanente. La imagen, elevada a prueba de realidad, un fin en sí mismo, cobra esencialidad y contagia su efímero efecto a la inestabilidad de un mundo cada vez más acelerado, menos diferenciado, preocupado fundamentalmente por la localización de los recursos escasos, para que consuman la menor cantidad posible de sujetos, para que la porción sea más grande y la escasez más tardía.

        Sin la territorialización del ciudadano, marcado por su origen, por su hábitat, por su organización política, sus derechos y obligaciones, sus proyectos desplegados en el tiempo y la lucha por los logros colectivos; el consumidor no espera, como el paciente, a establecer una trama de relaciones, construir su caso, con sus antecedentes, sus síntomas y signos, su relación transferencial con un médico, que saque sus conclusiones diagnósticas, seleccione el tratamiento adecuado para ese paciente, y recomiende la conducta a seguir y el control conveniente de la evolución... Para el consumidor el tiempo es lo que demora su imaginaria satisfacción. El consumidor toma y va por más. Demanda para sí lo más posible de cualquier cosa; el remedio, una cosa más a consumir, se convierte en el objetivo de la consulta médica o más directamente, el objeto a incorporar según la opinión propia o de un ocasional recetador espontáneo que, con las mejores intenciones, recomendará que el otro consuma lo mismo que él.

        En este marco, la receta o la recomendación de un fármaco se ha convertido en el objetivo del contacto con cualquier médico:

- Vengo porque se me acabó el remedio. Necesito la receta.

        La acción específica que dispara el malestar físico o psíquico es consumir un medicamento.


Otros mundos son posibles

        Un paso más, en esta diferenciación: Se ha pasado de la lógica de un sujeto nombrado por su pertenencia a una trama jurídico-política que le otorga un lugar en un grupo social, al que se accede con el tiempo y la conducta responsable; a otra realidad donde el soporte subjetivo de estos llamados estados técnico-administrativos (renegación de su concentrada factura ideológica), resulta ser aquél que ostente la capacidad de adquirir mercancías en flujo continuo, independientemente de cualquier otra consideración o categoría. No importan ni la edad, ni el origen, ni la actividad que desarrolle ni su comportamiento, prácticamente se reconoce la capacidad de incremento de la condición de consumidor, directamente proporcional a la acumulación de dinero, crédito y especulación financiera; capacidades todas no devenidas necesariamente de las virtudes ciudadanas y el trabajo honesto, como lo explicitó en pleno apogeo de este modelo económico un Ministro de la Nación:

        -"El dinero no se hace trabajando ... sino robando"

         Trabajador-consumidor. Dos acciones que califican y dan identidad, existencia a sujetos diferentes. Para el ciudadano el derecho a trabajar, a educarse y vivir dignamente, era el contexto en el que la salud, podría decirse era un trabajo más y la garantía de su mantenimiento activo como ciudadano.
        En este mundo de excedencia, de desempleo y elitización de grupos que acceden al consumo y de grandes masas de expulsados del circuito de acceso a los bienes básicos para la vida, la salud es un mercado más, uno de los más rentables.


         En este mundo del consumo...


¿Qué "sapa" señor?

        Enrique Santos Discépolo, desde un tango de 1931, nos increpa a pensar qué pasa, porque si no, no pasa nada, es decir, sigue pasando de todo sin que podamos saber, ni intervenir, ni entramar los distintos hechos, encadenar los sucesos, advertir las regularidades y los cambios, y en fin, entender algo de la situación en que vivimos, para transitar lo mejor posible hacia lo que queremos. Porque también se puede ser un consumidor de "realidades", esas que velozmente se suceden en las pantallas, de acuerdo a las imágenes que se nos presente, de las que nos queda un insignificante detalle como resto.


Buenos Aires, febrero de 2004.