¿QUÉ HAY DETRÁS DE UN NOMBRE?

Lic. Diana Braceras


        En el primer año de la carrera de medicina, la cátedra de Salud Mental a la que pertenezco inicia el desarrollo de su programa anual, con una introducción a la Lingüística Estructural inaugurada por Ferdinad de Saussure. El objetivo es desmenuzar el concepto de signo, para entender con qué "material" trabaja el aparato psíquico: los significantes.
        Arduo es el trabajo para desmantelar el "sentido común" a cerca de la lengua, que adjudica a cada palabra un significado más o menos fijo, en el marco imaginario que supone una substancialidad al sistema.
        El vaciamiento del sentido de las palabras y la significación, como variante dependiente del contexto, vía selección y combinación de significantes como imágenes acústicas diferenciales, pura forma que adquiere un provisorio ropaje de sentido, es aprehendido no sin dificultad, y en lo ordinario olvidado rápidamente por la necesidad de estabilidad imaginaria de la conciencia, que insiste en fijar a los nombres las cosas, referente y sentidos unívocos, indiscutibles para todos iguales en todo tiempo y contexto. "La verdad" del mundo, según las distintas disciplinas, está armada a partir de cierta adjudicación de significaciones determinadas, por propiedades imaginariamente constantes y que pasan a un plano de utilería en el teatro de la vida.
        En determinado momento el "nombre" sustituye al conjunto y se concibe como "natural" que tal denominación de cuenta por sí de una parcela de mundo recortada por ese significante.
        Las palabras cobran así vida propia y se independizan del contexto original, entrando a jugar cómodamente en el universo del lenguaje según sus semejanzas o diferencias con otras palabras de la lengua. Las funciones de evocación, connotación o denotación de cualidades, características o propiedades, impuesto un nombre, quedan imaginariamente contenidos en él y transferidas al soporte de ese nombre, sea una persona o ... un medicamento. Por ejemplo, el nombre de Judas para un bebé, es poco probable que sea elegido, ya que bíblicamente implica las características de traidor al portador. Por lo mismo, el nombre de un personaje famoso por alguna cualidad valorada por los padres, es muy probable que sea elegido para nominar a su hijo. ¿Cuántos Juan Domingo o María Eva dió la década peronista? ¿De cuántos Diegos es responsable Maradona? ¿De cuántos Pablos, Picaso o Neruda? Las letras sucesivas que conforman esos nombres son imbuídas mágicamente del "poder" de nominación que toma como referentes un cierto número de rasgos y no otros. Con la misma contundencia, en ciertas familias hay nombres "prohibidos" que arrasarían con los emblemas, la ideología o la historia transgeneracional, sembrada de nombres admirados o repudiados, según la significación de cada biografía y la posición personal de cada miembro respecto a tales personajes.

        Si ubicamos "detrás" de un nombre el sistema de entrecruzamientos simbólico-imaginario a los que remite, empezamos a darnos cuenta del porqué del costo de las marcas de los productos, del nombre de las mercancías y del presupuesto destinado a los "creativos" o publicitarios que diseñan un producto, su envase, su nombre, su presentación: parte de lo que "será" este producto dependerá de las letras que se combinen en su nombre, del color según la significación cultural y sus asociaciones a referentes positivos o rechazados, a formas que evocan imágenes deseables o no.
        Volviendo específicamente al tema del nombre, en nuestro ámbito y teniendo en cuenta la polémica respecto a la suposición de integridad científico-ética de las publicaciones más prestigiosas del campo médico, cabe el proverbio: "Hazte fama y échate a dormir" en su versión lingüística:

"Hazte un nombre y échate a dormir"

        La inercia del lenguaje consagra en el tiempo, determinadas cualidades soldadas a nombres que sostuvieron ciertamente rasgos de confiabilidad, seriedad, ética. Y aunque la experiencia vivencial confirma una y otra vez que ni las personas, ni las cosas, ni los productos culturales se mantienen iguales a sí mismo, fundamentalmente porque tal sí mismo resulta bastante volátil según los contextos, las circunstancias y los intereses que se jueguen a su alrededor, el imaginario colectivo impone una estabilidad ficticia que otorga un "ser" de determinada forma y no de otra, inmune a la teoría de la relatividad más básica y cotidiana. Esta "cristalización" de un nombre ligado a cierta "fama" es decir a ciertos rasgos seleccionados de un conjunto posible, que identifican a un producto, ponen en positivo aquello que le otorga cierto valor y se negativiza el conjunto de rasgos, también posibles, que parecen imposibles de pertenecer a tal nombre.

Ejemplos:
La talidomina reúne todos los rasgos de droga peligrosa no recomendable a partir, de la inhibición del desarrollo celular comprobado en tantos bebés que nacieron con rudimentos de miembros superiores al ser consumida tal droga por la madre durante el embarazo, como ansiolítico. Sin embargo, no es importante tenerla en cuenta para cuando lo deseable es la inhibición de la reproducción celular por ejemplo en procesos neoplásicos?

        Por el contrario, al recomendar medicamentos "sin contraindicaciones" ("mal no te va hacer"), se dice es como tomar agua, no te hace nada malo. Cuando justamente el factor causante de tantas epidemias y enfermedades comunales, fundamentalmente se buscan en el agua que tal comunidad tiene disponible, ya que históricamente es un medio de gran capacidad de contaminación. Hace muy poco tuvimos en territorio bonaerense una muestra de tal potencialidad de hacer daño.
        La negación de admitir la variabilidad y relatividad de las propiedades de determinados productos nombrados como garantes de lo bueno o de lo malo, afecta la facultad crítica de la inteligencia y el razonamiento humanos, que trabajan con la capacidad simbólica de re-presentar signos: ponerlos en serie, diferenciarlos y combinarlos, discriminar y valorar las relaciones diversas y cambiantes de una estructura determinada. El imaginario, uno de los registros con que funciona el psiquismo, tiende en cambio a unificar, englobar y conceder certezas y ocultar fallas y faltas, recubriendo la experiencia con un manto piadoso de "buenas formas" y "costumbres sanas", en tanto estén consensuadas colectivamente por la comunidad (por ejemplo de científicos) o por el prestigio de un órgano de difusión masivo que uniforma las opiniones y forma conceptos arbitrarios según a qué intereses convengan.
        En el campo de la Salud, ahora tratado a nivel de Mercado de consumo, teñido por el sentido común, por el imaginario colectivo histórico como un ámbito de la práctica bienintecionada, ética y con objetivos no cuantificables en dineros... es aún más difícil desmantelar el fetichismo de la mercancía "remedio" o "tratamiento" o "estudio", que aislado de las condiciones actuales de producción neoliberal, se suponen fijados a los ideales médico-sanitaristas de otros siglos, donde la confianza en la relación cuasi paternal evocaba la fe religiosa al médico y su recomendación. El galeno, siempre muy cerca de Dios, de forma tal que cuando ya no podía hacer más nada por su paciente, se los dejaba en SUS omnípodas manos, como si fuera su propio co-equiper... el colega JESÚS. EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO da cuenta del requerimiento ético en la posición de aquél quien tendrá bajo su responsabilidad la vida humana.

        Salvaguardando los intereses actualmente más dominantes, los de la concentración de capital y poder económico, la industria y el comercio instalado en el Mercado de la Salud, se vale de las características del funcionamiento humano, fundamentalmente modelado por el lenguaje y explota el apego a la imaginarización sugestiva de las palabras para inducir el consumo, fortalecer opciones de dudosa factura o facilitar conductas que nada tienen que ver con la ética médica, el derecho ni la dignidad de los pacientes.

        Este proceso de "fetichización" de la mercancía - de la cual el médico resulta un intermediario necesario, aunque no exclusivo, gracias a la dispersión de la prescripción medicamentosa vía publicidad, formal o informal -, consiste en un falso reconocimiento con respecto a la relación entre una red estructurada y uno de sus elementos: aquello que es realmente un efecto estructural , un efecto de la red de relaciones entre los elementos, parece una propiedad inmediata de uno de ellos. (1)
        Por otro lado, la suposición del receptor de estos mensajes fetichistas (mecanismos clásicos de la perversión), es inducido a enlazar falsamente el conjunto de elementos que relacionados dan sentido a determinado producto, dejando afuera toda la serie de datos que estructuran realmente el campo del cual deriva determinada prescripción. Se privilegian los elementos mas "inocentes" e inocuos, los incuestionables aspectos sostenidos por ideales compartidos, para imponer conductas beneficiosas para intereses inconfesables.

        Así, hoy se puede apreciar el poder de marketing de la "muerte digna", cuando al sistema pagador de los tratamientos costosos les conviene. O la gran demanda de "energizantes" y "antioxidantes" cuya eficacia jamás se ha comprobado, en un momento donde justamente falta la energía para afrontar un mundo básicamente injusto y frustrante de las más mínimas expectativas de un futuro promisorio y los proyectos personales se herrumbran a la intemperie de la desprotección de las leyes y las posibilidades materiales de concreción.
        Todo diseño de un producto a través de signos perceptivos o lingüísticos que remitan a palabras asociadas a "potencia", "plus", "máximo", "fuerza", "vitalidad", "vida", "equilibrio", "tranquilidad", "juventud", "serenidad", "seguridad", "extra" etc. refuerzan el poder de prescripción, de venta y adhesión, más allá de los reales beneficios terapéuticos.


        Ya lo decía Sigmund Freud en 1905:

"Comenzamos ahora a comprender también en todo su alcance la "magia" de la palabra. En efecto, la palabra es el medio más poderoso que permite a un hombre influir sobre otro..." (2)




  1. Slavoj Zizej, El sublime objeto de la ideología, Siglo Veintiuno, Méjico, 1992. Pág. 50.
  2. Sigmund Freud, "Psicoterapia (tratamiento por el espíritu)" en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973. Tomo I. Pág. 1020.