Culpa, miedo y angustia: Estrategias exitosas de la necesidad de castigo

Lic. Diana Braceras
Psicoanalista, Equipo Interdisciplinario de Oncología
Correo electrónico: braceras@cancerteam.com.ar


"Las Propias Cadenas"
Ilustra: Guillermo Poggioli
I. En casi toda la bibliografía referida al tratamiento de pacientes con cáncer, se destaca la "inconveniencia" y hasta la "contraindicación", de la terapia psicoanalítica en tales casos. Aún cuando la recomendación proviene de profesionales que reconocen, de alguna manera, fundar su práctica en las enseñanzas de Freud y de Lacán, aclaran, que con "este tipo de pacientes", los oncológicos, el dispositivo analítico debe sufrir variaciones importantes, bajo sospecha de resultar poco eficaz o directamente iatrogénico. Cuestión complicada plantea esta propuesta de segregación basada en un diagnóstico médico, uno podría preguntarse por ejemplo: ¿ Si un paciente en análisis desarrolla un cáncer, debería suspender su tratamiento o ser derivado a otro profesional relacionado con el campo oncológico? Y...si además tuviera algún evento cardíaco...o crisis de asma...¿con quién debería atenderse?

Es evidente que la dirección de la cura de un paciente puede verse afectada, si la posición del analista no puede ser sostenida por alguna característica o circunstancia del paciente, que coincide con algún punto no analizado, resistente o simplemente intolerable para el profesional. Pero de los límites personales de algunos asistentes, no se debe hacer una indicación general para todos los asistidos. De hecho, algunos pacientes son derivados cuando su diagnóstico es de cáncer y el médico o psicólogo que lo trata, reconoce que no podría seguir adelante con el tratamiento, ante la imposibilidad o la gran dificultad para preservar su escucha analítica, instrumento sin el cual, la teoría resulta impracticable por razones metodológicas. Será del orden ético, en este caso, una derivación a tiempo para no obstaculizar la cura, con resistencias del propio analista.

Muy distinta es en cambio, la propuesta terapéutica de Psicoterapia Breve, aunque se autocalifique de "psicoanalítica", ya que de la singularidad del paciente que atraviesa la contingencia de una enfermedad, no queda nada: será estadificado a imagen y semejanza del tumor, con recuento de caracteres semejantes para todos y menú de respuestas terapéuticas también tipificadas.

Consideremos algunos aspectos de esta difundida ideología o doctrina y comparemos una misma situación clínica, según se aplique la estandarización de la respuesta psicológica o la investigación según el método psicoanalítico.

II. Algunas de las características adjudicadas en general a los pacientes con cáncer:

•  "Vivirá con la certeza de la incertidumbre, llamada "Síndrome de Damocles" y que cada malestar y aún sus controles periódicos actualizan con angustia."

•  "Encontrará dentro de sí el miedo al dolor y a la segregación social, ya que esta enfermedad está asociada al tabú ancestral y por ello, también las resistencias profesionales a calmar el dolor. Por un obscuro, profundo y poco consciente sentimiento comunitario, el paciente con cáncer "debería" sufrir."

•  "Deberá manejarse con el miedo, en sus dos aspectos: el miedo por razones externas, compatible y comprensible o miedo normal, y el miedo por razones internas, con frecuencia inconciente o miedo neurótico, destructor y paralizante."

•  "Este ser humano siente que entre él y su entorno se ha modificado la interrelación física y psíquica, provocando una serie de dificultades que llamamos "desadaptación". Desadaptación que como vimos ocurre fundamentalmente en el campo de su YO. Allí es donde deberemos dar la batalla del tratamiento terapéutico." 1

 

La Psico-oncología, por ejemplo, que se atribuye el status de nueva especialidad del campo médico, "pretende individualizar, controlar y neutralizar la imagen de muerte que conlleva la palabra cáncer. Trata de eliminar un conjunto de mitos y prejuicios que determinan siniestras conductas, médicas y legas." 2 Este fin, tal vez inobjetable, no necesariamente debe alcanzarse a expensas de los tratamientos de los pacientes, presuponiéndolo todo, antes de comenzar a escuchar. Naturalmente, la "censura", instancia psíquica al servicio de la represión, sabrá aprovecharse de convincentes camuflajes naturalizados para tales circunstancias: miedo, angustia, culpa, etc... servirán de verdaderos "caballos de Troya" para la realización de deseos inaceptables para el Yo, especialmente amalgamados a satisfacciones punitivas y sádicas, que no ahorran sufrimiento y exacerban el goce irreconocible de la pulsión de muerte.

 

III. María comenzó su análisis a partir del tratamiento médico que se realizó con el diagnóstico de cáncer de pulmón. Libre de enfermedad, desde hace cinco años, realiza con dificultad los controles periódicos, pues aparecen cíclicamente situaciones que "retardan" la realización de los estudios, la búsqueda de los resultados o la consulta médica para ser informada del "éxito" del tratamiento, no presenta ningún síntoma que haga temer al respecto, pero no pierde ocasión para transformar el motivo de alivio, en semanas de prolongada ansiedad y fantasías mortificantes.

En una de esas ocasiones, el "olvido" de sus controles médicos tiene una causa muy justificada: su suegro está muriendo de cáncer, tras una infinita agonía en la que literalmente se va consumiendo, degradado física y psíquicamente, sufriendo un dolor "intratable" y capturando en este desgraciado cuadro toda la energía familiar, en cuidados y acompañamiento permanentes pero infructuosos.

La paciente está horrorizada por lo que teme sea un espejo de su propio futuro, si reapareciese la enfermedad y fuera incontrolable. La angustia que le desencadena la situación le impide asistir al enfermo, por lo que se siente culpable dada su antigua y amistosa relación: "y eso que soy judía". Este agregado, al margen del impresionante cuadro descripto, comprensiblemente aterrador y razonablemente justificado, da la punta de un ovillo que nunca había traído a su análisis.

El conmovedor anciano que en su lecho de muerte no encuentra asistencia médica adecuada para el manejo de los síntomas, todos ellos controlables aún al final de la vida, había sido en su juventud el líder de un grupo antisemita, dedicado a atentar contra negocios, templos y símbolos judíos. Si el dolor "absuelve", toda la familia parecía dispuesta a ayudarlo, no escatimando ningún esfuerzo para hacerle pasar por las formas más indignas de la enfermedad, sin atención apropiada, sin analgesia adecuada, un calvario de miserias que sólo la necesidad de castigo propio y el sadismo de los más allegados, en este caso el único hijo, pueden justificar.

El corolario de esta pequeña viñeta clínica, fue el reconocimiento de la paciente de que su propio matrimonio fue una provocación para ambas familias políticas:

•  "Si yo quería matar a mi padre (judío ortodoxo a quien odiaba), encontré la mejor forma: casarme con un descendiente de nazis."

Casualmente el tumor en esta paciente aparece al poco tiempo de fallecer su padre.

Las pasiones que unen corazones, no siempre son del orden del amor, evidentemente.

El deseo de muerte, con dolor y sufrimiento, la satisfacción punitiva involucrados en este caso, jamás hubieran visto la luz, de suponer la obviedad de los efectos sobre la paciente, del temor a la muerte, del "Síndrome de Damocles", y de cuanta caricatura sintomática de esa generalidad con la que se caracteriza al "paciente oncológico" se pueda hechar mano, con el objetivo de "adaptación" a una nueva máscara provista por la psicoterapia, negándole la singularidad de su deseo y la posibilidad de saber sobre su goce.

La verdad des-angustia, por más desagradable que sea para el Yo, para la imagen narcisística de las bondades propias y ajenas. Bien lo dice Joan Manuel Serrat: "Nunca es triste la verdad... lo que no tiene es remedio."

Abril 2005.


1 Schavelzon, José, " Psicoterapia en la persona con cáncer. Una indicación para todos los pacientes", en Psiconcología. Principios teóricos y praxis para el siglo XXI . Letra Viva, Buenos Aires, 2004. Páginas 47/51.

2 Íbid. Pág. 25