De las luchas sociales a la subjetividad: La enfermedad como "escrache" De las luchas sociales a la subjetividad: La enfermedad como "escrache"

Escribe Lic. Diana Braceras
Psicoanalista, Equipo Interdisciplinario de Oncología
Correo electrónico: braceras@cancerteam.com.ar

        Hasta no hace mucho tiempo, la organización social estaba dominada por prácticas colectivas diseñadas, implementadas y controladas desde lo que los historiadores llaman: Estado-Nación. El "ciudadano" como sujeto producto de esa lógica estatal, articulaba el sentido de su existencia a partir de esa modalidad de lazo social instituido. La enfermedad también podía ser interpretada, como las crisis sociales de la época, una desviación de la norma, que daba la oportunidad de un pasaje a nuevas formas de organización en una configuración de sentido más amplia: la crisis como la oportunidad para el crecimiento. La enfermedad como llamado de atención, para elegir de nuevo el lugar desde donde continuar el proyecto de vida, del que se había apartado o llegado a una encrucijada.

        Muy distintas son las actuales condiciones de la vida en las que el Estado subsiste a duras penas, con el mercado en posición de dominio, desarticulada su lógica y alterado esencialmente el modo de organización social, adviene un cambio no reglado, un caos de descomposición de funciones, de sentidos y de posibilidades de pensar las alteraciones con los parámetros usados hasta el momento. Todo un símil para intentar describir la oportunidad de la enfermedad oncológica, en las condiciones actuales y con los novedosos recursos de los sujetos que emergen en esta crisis "postestatal", cuando aún no se avizora qué tipo de organización puede alojar la existencia de las sociedades en este nuevo milenio.

        Es bastante conocida la comparación entre el caos social y el desorden celular que implica la reproducción neoplásica: un "cáncer social" se identifica con el crecimiento anómalo, fuera del programa codificado por la regla biológica, que entorpece el normal funcionamiento hasta amenazar la continuidad de la vida. No me voy a referir a esa similitud retórica.

        Es la práctica del llamado "escrache", lo que me permite pensar un aspecto clínico del enfermar, como visibilización de aquello no registrado en el terreno del sentido, que irrumpe en la articulación simbólica del cuerpo: ese domicilio existencial del sujeto.

        En lunfardo (1), "escrachar" fue históricamente sinónimo de destruir, romper, inutilizar: "Cuando menos te lo pensés, te escracho y ni tu javie te va a conocer" (2). Pero el origen está en la concepción de la jerga policial, donde el escrache es fotografiar, "sacarle la foto", en sentido metafórico, es decir, ser capaz de reconocer, identificar a un delicuente. Para tales fines, se usaba en las comisarías, una especie de desfile de detenidos (hurtadores, descuidistas, "mecheros", carteristas, etc.), para que el personal policial retuviera sus fisonomías y pudieran reconocerlos cuando éstos pretendieran pasar desapercibidos, encubriendo su accionar. Por lo tanto, podríamos considerar que la concepción lunfarda clásica, deriva de las consecuencias de estar escrachado por la policía: una forma de inutilizar, romper, destruir la estrategia de ocultamiento del ladrón. Este pasaje de la causa a la consecuencia, también se verifica en otra palabra cercana del lunfardo: "escruche" y su sinónimo más actual "amasijo": que aluden a la violencia ejercida o padecida, en el cuerpo o en el ánimo de alguien: dispuesto al escruche o al amasijo para lograr un objetivo; como verbo, en su voz activa: escruchar, con origen en la jerga popular inglesa "scrunch", lo entendemos como "amasijar". Implica como se ve, la producción de un daño que en el escrache está más bien referido a la imagen, y en el escruche remite a la afectación en el cuerpo y más directamente al sufrimiento y al dolor, físico y anímico, con cierta permanencia e importancia:
"...en el hampa porteña, el temible "escruchante" de nuestro medio es un ladrón domiciliario que no repara en fractura y no trepida en matar, a la menor alarma" (Francisco García Jiménez) (3)

        Actualmente, la palabra ha tomado el nombre propio de un procedimiento de impugnación social. No faltan oportunidades para encontrarnos en las noticias diarias, con estos novedosos procedimientos instituyentes de nuevas formas de respuestas políticas de los sujetos: las marchas de silencio, los cortes de ruta, asambleas y los escraches. Según Ignacio Lewkowicz, cuatro singularidades de nuestra experiencia reciente, modos de "subjetivación" en tiempos de la expulsión, tiempos postestatales y de catástrofe:
"La inoperancia del aparto jurídico-político para castigar los delitos del poder parece que opera en todos los niveles. Tras el juicio a las Juntas que comandaron el proceso represivo de 1976 a 1983 y las progresivas concesiones de impunidad, se organizan distintos grupos que generan los escraches. Los edificios, las cuadras, los barrios, en los que reside algún criminal represor impune se ven paulatina y progresivamente inundados de una actividad que los denuncia públicamente como comprometidos en delitos aberrantes. El escrache compromete al vecino: el anonimato en que lo mantenía la impunidad jurídica es quebrado por la organización de esta denuncia colectiva. Ya el escrachado sabe que los otros saben que ha estado comprometido en algo, ya no es cualquiera. La máquina del escrache confía en la sanción social, en la incomodidad permanente, en el hostigamiento que efectivamente castiga a os impunes de la justicia oficial. En esta línea, el escrache, más que pedir justicia, hace justicia; es el modo en que efectivamente tratamos a nuestros castigados." (4) En este contexto, llamamos subjetivación a la operación crítica, capaz de alterar la lógica instituida por las prácticas estandarizadas reproductoras de los lazos sociales, de los lugares, y de los sentidos de la vida y de las acciones, ya establecidos.


"SI NO HAY JUSTICIA HAY ESCRACHE"

        Parece que se trata de una sustitución que opera en el sentido de señalar, poner en evidencia, interpelar la toma de posición de todos los sujetos involucrados de diversas formas en una denuncia/castigo, por fuera de las formalidades instituidas por el cuerpo legal. La amalgama del escrache/escruche lunfa, presta la base a un procedimiento de subjetivación novedoso, por fuera de los esquemas ciudadanos habituales.
Interpretar la irrupción de enfermedades que "atacan" o "amenazan" la continuidad de la vida, como un efecto lineal de algún conflicto personal o trauma psíquico, está lejos de la seriedad que exige el enunciado de hipótesis que correspondan al nivel de complejidad de lo que se trata: el ser humano o el "ser hablante", más específicamente, dada su cualidad distintiva, un ser instituido e instituyente de lenguaje.

        La aceptación general de la idea, sin embargo, de que la "causa" de la enfermedad excede lo biológico e involucra la vida afectiva del paciente, dice algo de la verdad, aunque aplique evidentemente un reduccionismo. Tal simplificación resulta simétrica al "biologismo", que aplica la ley de causa-efecto sin mediaciones, entre un fenómeno físico-químico y su traducción en patología.
        La enfermedad, como el escrache, no deriva en lo escencial de los hechos penosos que se actualizan como referencia, sino que su fuerza de producción, está en el fallo en el procesamiento de los acontecimientos o situaciones que salen a la luz con tal testimonio.

        Los escraches, como manifestación de exigencia y demanda popularizada en los últimos años por la agrupación H.I.J.O.S. (conformada por hijos de desaparecidos por el terrorismo de estado), son concebidos como un procedimiento práctico de producción de justicia, contra la impunidad. En rigor, no es una petición al poder Judicial, sino una apelación a los "vecinos", a los "semejantes", a los "familiares", a todo aquel que pueda ser ejecutor de una condena social permanente. Sin embargo el escrache no garantiza eficacia, sino que se producen efectos si es capaz, en la singularidad de la situación que configure, de crear sentido, producir nuevos significados.

        Esta contingencia de la eficacia, también puede pensarse respecto al enfermar, y es preciso resistir a las corrientes de generalización de las teorías psicológicas, que actúan a imagen y semejanza de los medios de difusión, masificando y llenando de contenido homogeneizante las experiencias disímiles, bajo cualquier condición y premisas.

        La configuración de un escrache, como de un proceso de curación es intransferible, irrepetible y no cuantificable, lo que no significa que no pueda darse cuenta de su lógica y eficacia, en la situación que se formalice.
        Se tratan de operaciones potencialmente capaces de subjetivación en acto; en sentido amplio, los escraches consisten en una interpelación, una apelación, un preguntar respondiendo, un forzamiento ético de lo ya instituido, incapaz de estar a la altura de lo que irrumpe con violencia, y no puede ser metabolizado con las estrategias disponibles hasta entonces.

        Desde el psicoanálisis, se trabaja la posibilidad de pensar la enfermedad orgánica en el terreno de la inscripción de un encuentro con el límite del sistema lógico que dispone el sujeto, para darle curso a una instancia en la vida, que implica un quiebre existencial, para el cual se carece de recursos simbólicos o estos resultan insuficientes, para abordarlo.

        Considerar la enfermedad como "escrache" nos permite, en términos del lenguaje de la cotidianeidad de este nuevo siglo, traer a la luz algunos aspectos muy poco reconocibles en el padecimiento del cuerpo: esa geografía singular del ser. (*)


Enero 2006.
  1. Lunfardo: lenguaje popular de Buenos Aires, derivado del mestizaje entre vocablos autóctonos, provenientes de la inmigración europea y deformaciones propias de la jerga carcelaria, para cifrar los mensajes, haciéndolos poco reconocibles para el lenguaje oficial.
  2. Casullo, Fernando Hugo, Diccionario de voces lunfardas y vulgares, Plus Ultra, Buenos Aires, 1976.
  3. Ídem.
  4. 4 Lewkowicz, Ignacio, Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Paidos, 1ra. Edición Buenos Aires, 2004. Pág. 87.
* (Continuaremos en esta línea de análisis en la próxima actualización de esta página)




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